ÁLVARO VAN DEN BRULE: “HAY VERDADEROS GENIOS DEL AJEDREZ EN LAS CÁRCELES Y LOS ORFANATOS”


Transcripción del artículo de Beatriz García aparecido en LÁUDANO el 16 de diciembre de 2015. Lee el original aquí.

Llevaba viajando un tiempo, recalando en orfanatos y monasterios de Asia, y a pesar de la miseria y la injusticia que había en aquellos lugares se sorprendió de que pudiera pagar su hospedaje con clases de ajedrez. “Los monjes tibetanos, los meditadores —dice— son grandes jugadores porque hay algo místico y espiritual en una partida, una ‘ínsula barataria’ que se crea mientras juegas. Incluso la idea del bien y el mal puede estar presente en un tablero”. Estábamos sentados en un café con motivos taurinos del madrileño barrio de Huertas y el ajedrecista e historiador Álvaro Van Den Brule, con esa épica que siempre caracteriza su discurso, me contaba el germen de uno de los proyectos sociales más singulares y bellos que he oído, la idea de convertir el ajedrez en una herramienta para el desarrollo, de llevar su arte y ciencia a recónditos países donde conviven con la miseria. Ellos más que nadie necesitan su propia ínsula barataria.
“En una visita a Daramshala, que es la residencia del Dalai Lama, conocí a un viejo monje que había pasado años de cautiverio a manos de las autoridades comunistas. Meditamos juntos y comimos unos dátiles y gajos de mandarina, una ceremonia de austeridad. Luego nos dedicamos a la práctica del juego más antiguo que conocen los humanos: el ajedrez. Era un jugador consumado y, tras una durísima partida, acabamos en tablas acordadas”. Así se gestó, accidentalmente, la semilla que más tarde daría lugar al proyecto social de Ajedrez sin Fronteras.
“El ajedrez me ha dado muchísima felicidad y la misma sensación que me ha procurado he intentado devolverla”, me cuenta, y recuerda a uno de sus maestros, el ajedrecista uruguayo Daniel Rivera Kuzowka, involucrado en la enseñanza del ajedrez en las prisiones, donde no hay más que tiempo y encierro.

Ajedrez sin Fronteras también acude a las cárceles, los orfanatos y los campos de refugiados; tiene más de quince escuelas oficiales desde aquel lejano día en que Álvaro quedó en tablas con el viejo monje.

Un arte-ciencia para el autoconocimiento

Para el psicoanalista y filósofo Erich Fromm, el ajedrez fue una actividad donde los problemas se resolvían por medio de la razón, la imaginación y la conciencia. Y según Benjamin Franklin lo que primero ejercitaba el juego era nuestra capacidad de previsión y cautela. Álvaro Van Den Brule cree que hay dos formas de jugar al ajedrez, para ganar a un adversario, o bien la más hermosa, para conocer las propias debilidades y “poner en jaque” nuestros boicoteos internos mientras aprendemos del contrincante, igual que una pareja de baile. En el ajedrez, dice, no existen enemigos. “Es una disciplina competitiva, sí, pero también es arte y ciencia, porque la partida la creas tú sin necesidad de brochas y hay infinidad de sistemas y jugadas que pueden ser perfeccionadas por procedimientos científicos. Y lo que conseguimos, y no lo digo yo, sino los neurólogos, es una amplificación de la inteligencia, una toma de conciencia en los jugadores, que aprenden a ser autocríticos y a respetar al oponente. Además, es sumamente divertido”.

En los años que Ajedrez sin Fronteras lleva realizando sus seminarios ha visto los “saltos cuánticos” de personas encarceladas durante cuatro o cinco años, algunas de las cuales hoy son verdaderos ‘cracks’ del ajedrez. “Son gente con grandes potencialidades, pero no han tenido acceso al conocimiento”, me explica, en tanto me habla de las historias que conoció en esos lugares, donde los delitos penados con una reclusión de años son a veces tan livianos como robar una cabra para comer.

Es también una forma de luchar contra el aburrimiento, de empoderarlos con una herramienta que los ayude a combatir la dureza del presidio y les de esperanza. Si los aprendices adquieren un buen nivel, la ONG los prepara como monitores de ajedrez y tal vez, insiste Álvaro, tengan alguna oportunidad de futuro en países en donde hay tantas desigualdades: grandes fortunas y grandes miserias.

El bien y el mal sobre un tablero

“La única revolución en la que creo es la evolución de la conciencia: uno puede aprender de cualquiera, incluso de un agricultor que te enseñe las labores del campo a cambio de clases de escritura. En la sencillez del intercambio está lo revolucionario”, me dice. Y hay en su convencimiento, también en su porte, algo decimonónico que llega a nuestros días con la fuerza de la modernidad. Un juego al que en tiempos solo tuvieron acceso las clases altas pueda redimir la tristeza y el tedio de los pobres, eso también es revolucionario.
Sin embargo, asegura, puede ser una herramienta de destrucción. En las cinco grandes academias militares del mundo se imparte ajedrez como materia estratégica. “En manos perversas puede hacer mucho daño. Si estudiamos las tácticas empleadas en algunas guerras, es posible entenderlas como jugadas”, sostiene. Pero los peones también pueden hacer jaque al rey.
A Álvaro alguna vez le han pedido que haga seminarios de ajedrez en escuelas de marketing, pero su interés verdadero está lejos de los púlpitos, en los barracones de un campo de refugiados, entre los muros de un orfanato en Sierra Leona o en los lamasterios tibetanos.

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